domingo, 28 de septiembre de 2008

Carmilla

¡Qué bella se veía a la luz de la luna!
Hundió el rostro en mi cuello y comenzó a soltar suspiros que semejaban sollozos, al tiempo que su mano temblorosa apretaba la mía.
- Querida, querida mía -musitó junto a mi oído-. Vivo por ti y tú deberías morir por mí. Tanto es lo que te quiero.

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